El ceramista y artesano Luis del Castillo (Cuenca, 1955) acaba de comenzar una nueva etapa. Tras el cierre de la tienda que durante tres décadas regentó en el Casco Antiguo, sigue dando rienda suelta a su creatividad artística en su taller de La Melgosa. Allí prepara la exposición que ofrecerá a finales de año, al tiempo que cultiva su otra gran pasión: la fotografía. Del Castillo representa a la sexta generación de ceramistas de la familia y tras algún susto de salud, se plantea la vida de otra manera. Tiene a la soledad del taller como gran aliada e investiga cada día para elaborar la mejor obra entre esmalte y barro.
¿Qué ha significado el cierre de la tienda en el Casco Antiguo después de casi tres décadas?
Esta segunda etapa ha sido de casi 30 años porque yo verdaderamente empecé con la tienda en la Plaza Mayor de la mano de mi padre, cuando subimos en el año 65. Yo tenía 10 años. Fue la primera tienda que se abrió en el Casco Antiguo y aún sigue. Ahora la lleva mi hermano, que es la que está en la esquina de la Catedral. En la primera etapa me tiré hasta los veintitantos años, cuando ya empecé con la fotografía y a trabajar en prensa. Y en esta segunda etapa retomé la cerámica y ya va para unos 30 años. Empecé solamente para exposiciones y luego me fui liando por mi hijo, que también hace cerámica, y montamos la primera tienda otra vez allí, en la calle Alfonso VIII.
¿Cómo se plantea el futuro?
¿El futuro? Pues hacerme más mayor todavía de lo que soy. He tenido la gran suerte de poder trabajar siempre en lo que me ha gustado. Ahora, ya que uno se hace mayor, los que no hemos aprendido a pescar ni a jugar a las cartas tenemos otras cosas. La cerámica y la fotografía son mis dos grandes aficiones. Me planteo seguir igual, seguir disfrutando de las cosas que me gustan. Tener el taller en casa es una ventaja porque los ratos que estás no tienes nada que hacer, te bajas al taller y siempre estás enredando. Siempre estás haciendo pruebas, siempre estás investigando, encima con las cosas en las que me gustan y que disfruto con ellas.
¿Sigue siendo feliz creando en su taller de La Melgosa?
Sí. Lo principal ahora, en esta etapa, es preparar cosas nuevas y descansar. Verdaderamente, todas las cosas comerciales de la tienda las llevaba mi hija, que tiene la intención de dedicarse a otras cosas. Ahora, lo que me planteo es volver a tener el taller a mi disposición e ir creando cosas para preparar la exposición que tengo a final de año.
¿Qué puede adelantar de esta exposición?
En 2021 ya hice una exposición de cerámica en la sala Iberia, sobre todo placas y esmaltes, llevándolos como si fuera óleo, como si fuera pintura, y usándolo sobre el soporte de la cerámica. En aquella ocasión ya pedí la sala para 2025.
Menuda previsión, ¿no?
[Risas] Me dijeron: 'Ya estás quitando la exposición y estás pidiendo otra'. Este año cumplo 70 años y quería hacer la exposición. Aparte, este año mi padre, el maestro, cumpliría también 100 años.
Va a cumplir 70 años y lleva décadas en la profesión. ¿Ha cambiado mucho la cerámica?
Sí. Ha cambiado la cerámica que se hacía en Cuenca y me acuerdo de chaval de mi padre. Los alfareros lo que hacían era cerámica para la casa. Me refiero a botijos, orzas, pucheros, etc... Lo que era cerámica de utensilios para la casa. Luego ya llegó el plástico y todas esas cosas se acabaron. Entonces empezaron a hacer una cerámica un poco más artística, para decorar. Empezaron con los botijos de las Casas Colgadas. Recuerdo que lo que yo hacía con mi padre en la tienda de arriba eran piezas donde se dibujaban las Casas Colgadas y lo típico de Cuenca. De hecho, lo que me planteé en la vuelta a la cerámica era hacer algo no mejor ni peor, sino distinto a lo que se estaba haciendo aquí. De hecho, me preocupé mucho por los esmaltes y por investigar. Además, estuve durante varias temporadas con otros ceramistas de fuera de investigando distintos tipos de esmaltes porque, un mismo esmalte, según con qué tipo de barro, reacciona de diferente forma, con diferente color. Es una técnica completamente distinta a lo que siempre se ha hecho en Cuenca.
Ceramista, fotógrafo, maestro artesano. ¿En qué faceta se siente más cómodo?
En todo esto de los titulitos de maestro artesano y premios que te van dando yo ya los considero que son de estos de los que te van haciendo mayor. Verdaderamente, siempre se agradecen. Con la cerámica estoy ahora muy cómodo porque es donde más estoy investigando. Con la fotografía me he liado con una colección de cámaras de fotos y estoy arreglando algunas. Cuando salgo del taller, tengo mi espacio en casa donde tengo la colección de máquinas y las voy seleccionando, compro una y otra, con otros coleccionistas las vamos cambiando y, de vez en cuando, voy haciendo alguna foto. Lo que pasa es que últimamente todas las fotos se publican en las redes. Ya no es lo mismo. La última exposición de fotografía que hice fue, en la sala Aguirre, en 2017, con Cuenca Abstracta, sobre fotografía de detalles de fachadas y rincones de Cuenca. Luego hice otra exposición en 2020 en la Facultad de Periodismo, que era sobre las fotografías de reflejos en los escaparates y en cristales. Ellos se encargaron de todo. Hacer hoy en día una exposición de fotografía es gastarte un montón de dinero y, verdaderamente, la fotografía no tiene venta. Sin embargo, la cerámica es otra cosa. Le da más vida.
¿Echa de menos esa época de reportero de prensa?
Todo tiene su etapa y en cada momento también tienes la energía para poder realizar ciertos trabajos. Cuando fui fotógrafo de prensa, estuve por Sudamérica haciéndole fotos al Papa, haciendo fotos a indígenas, me he recorrido Europa… Hoy en día me vería incapaz de coger un avión en Asunción para irte a la selva de Brasil. Ahora, ¿echar de menos? Sí. Igual que cada vez me gusta más la soledad del taller, estar concentrado en mis cosas. Sin embargo, en el periodismo tenías la alegría y el compañerismo de estar siempre con gente, siempre rodeado. También te digo que muchas veces discutiendo. Yo era muy bastante crítico y he luchado mucho por el fotógrafo de prensa y la denominación de informador gráfico.
¿Está garantizada la continuidad de la saga de ceramistas con su hijo?
Mi hijo sigue trabajando en la cerámica. Lo que pasa es que está viviendo en Vara del Rey. Tiene que acompañarlo con otros trabajos porque, verdaderamente, vivir de la artesanía es complicado. Al final, cada vez se está poniendo la cosa mucho peor para los artesanos.
¿El trabajo de artesano está suficientemente bien valorado por el público y los clientes?
Esto es como todo. Tengo clientes que son coleccionistas extranjeros. El otro día me mandaron una especie de catálogo de un coleccionista con parte de mi obra, que la tiene en su museo. Hay gente a la que sí le gusta mucho la cerámica. De hecho, mi tienda era para un público también muy especial, que le gustara la cerámica. Las tiendas que son de artesanos solo, que solamente venden su artículo, lo tienen más complicado. Eso sí, el público que pasa y compra lo valora mucho más.
Por último, mirando hacia el futuro. ¿Su mejor obra está por llegar?
En cada se obra siempre se nota la experiencia que vas adquiriendo. De hecho, en esta exposición que estoy preparando ahora, estoy seguro de que muchas de las piezas no llegarán a la exposición. Conforme vaya avanzando habrá algunas que se queden porque pensaré que se podía haber hecho mejor. Esto pasa, sobre todo, cuando estás investigando constantemente, ya que a cada obra la añades un poquito más, le vas viendo un poquito el defecto o que le puedes añadir esto o aquello... Siempre digo que la mejor obra será la última.