Europa representa el siete por ciento de la población mundial, una cuarta parte de su producción económica y la mitad de su gasto social. La proporción entre esos tres números resumen el modelo europeo. Hace mucho que dejamos de aspirar a ser la civilización más numerosa, aún creemos en la prosperidad económica, pero la gran prioridad es el bienestar.
Siendo optimistas, el modelo necesita reformas para poder sobrevivir. La evolución de nuestra pirámide demográfica hace que cada vez sea más difícil sostener el peso de la arquitectura. Mientras que la inmigración masiva está complicando nuestra capacidad para mantener sano el espíritu redistributivo y solidario con los débiles.
Las amenazas externas son ahora incluso mayores. La defensa, que durante años nos ha sido subsidiada parcialmente por Estados Unidos, supone un esfuerzo extraordinario. Y sin un aumento de la competitividad va a ser cada vez más difícil mantener nuestro estilo de vida.
La suma de todo lo anterior puede convertirse en un drama, o incluso en una tragedia, si no tomamos decisiones audaces. Lo primero es compartir el diagnóstico, abrir los ojos a la realidad y abandonar cuanto antes las ficciones y las discusiones bizantinas en las que hemos estado enredados en las últimas décadas.
Estamos pasando de un mundo en el que había que inventarse las polémicas para engrasar el debate político, a otro en el que estamos abocados a desdramatizar y alcanzar consensos sobre asuntos muy complejos. Estamos en el parking del hospital, con un durísimo diagnóstico en la mano. O cambiamos la dieta y hacemos ejercicio, o nos quedan dos telediarios.