Zóbel, un conquense más

Óscar Martínez
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Reconocido a título póstumo con la Medalla de Oro de Castilla-La Mancha, el fundador del Museo de Arte Abstracto en las Casas Colgadas es una figura fundamental de la pintura española

Fernando Zóbel en su estudio de Madrid, con cuadros para la exposición de la Sala Neblí (1961) - Foto: fernandozobel.es

Fernando Zóbel de Ayala y Montojo nació hace cien años en las Filipinas, en el seno de una familia española, y aunque murió temprana e inesperadamente en la bella Roma, lejos de su amada Cuenca, desde entonces sigue entre nosotros desde lo alto del cementerio-panteón de San Isidro, donde contempla la ciudad a la que le dio, con su generosidad humana y artística, una mano de pureza y un revoco de levedad espiritualidad, además de darle a nuestro nido de águilas un aire de modernidad vanguardista y un museo que nos sirvió para conectarnos con el pulso del mundo. 

El periodista conquense Florencio Martínez Ruiz sustanció perfectamente cómo entendió Zóbel con su estética a la ciudad y su paisaje: «… Cuenca y los conquenses asisten a este desfile estético, a esta sinfonía de luces, a esta orquestación sensorial de mínimos elementos para sentirse refractados. Hay buenos pintores que han retratado nuestra hoces y rocas con brillantez, pero nadie ha tomado como Zóbel a Cuenca por su diafragma. Pintor vivo porque retiene siempre un innato experimentalismo, el ensayismo gráfico, aplicado a descubrir una vía inmanente, 'otra', que le permite acceder al mismo centro de la pintura, a la estructura estética donde el pintor encuentra su libertad plástica. Las series Júcar, Orillas, así como los cuadros en la tesitura de su obra gráfica, remiten tanto a una sabiduría antigua, batiendo la última reducción de la pintura oriental como en la eclosión de la vanguardia más inmediata. Su obra nos obliga a redefinir precisamente, al margen de presiones generacionales o tendencias dominantes, el fecundante valor de la abstracción teniendo como punto de mira a Cuenca. La sensibilidad del artista sobrevive al informalismo, con el que conecta, sin duda, enriquecido con matices, caligrafías chinas, resortes euclidianos, líneas japonesistas, etc., logrando que la nota de color, fuga o rapto de la mancha sea el paisaje mismo».

El artista filipino-conquense llegó a Cuenca, fundó el Museo Español de Arte Abstracto y triunfó. Desde el principio, la persona y el personaje demostró su conquensismo, asiduo de la Plaza Mayor, amigo de la santera Antonia y de los gitanillos pedigüeños… llegó a Cuenca y contactó con gente feliz que le hizo sentirse de igual manera… 

No cabe duda de que Fernando Zóbel se imantó con la estética de Cuenca y por ello también sintió la Semana Santa conquense, en la que la abstracción permite todas las revelaciones artísticas. Zóbel se acercó con sus ojos de pintor libre, de acuarelista, de grabador, de fotógrafo, de dibujante, a nuestro rito y su plástica semanasantera en la que el enconquensado, como buen peregrino de la belleza, la encontró e interiorizó.

En junio de 1963, Zóbel conoció por primera vez las Casas Colgadas, llegó a Cuenca de la mano de Gustavo Torner, que lo invitó a conocer la ciudad. El alcalde de la época, Rodrigo de la Fuente, facilitó todo lo que estuvo en su mano para que el genial hispano-filipino situase su museo en nuestra capital. Al año siguiente es cuando Zóbel, que había tenido una intensísima vida artística y académica, se asienta en Cuenca y atrae a un buen número de artistas (Millares, Mompó, Serrano, Adriansens, Gabino…) que junto a él descubren la Semana Santa de la ciudad.

Zóbel, que se sintió desde el primer momento un conquense más, dijo pasados los años al recibir el nombramiento de hijo predilecto de la ciudad que «muy pocas personas pueden elegir el sitio al que pertenecen, yo he tenido esa suerte, he podido elegir esta ciudad y con esta distinción que me hacéis, ya puedo decir que soy conquense».

Su pintura experimentalista, que le permitió la libertad ética y plástica, abrió un paréntesis para captar en 1964 una treintena de dibujos en blanco y negro y a color sobre lo que vivió y vio por las calles capitalinas, que fue plasmando en sus cuadernos de apuntes, y que en la actualidad atesora la Fundación Juan March.

Estos dibujos zobelianos, realizados con acuarela y tinta china, dan con el alma de los protagonistas de la Semana de Pasión conquense, captan, depuran y definen con sus trazos y líneas a esos nazarenos, caballeros, trompeteros, banceros, turbos, penitentes, e imágenes con sus matices y detalles. Zóbel se imbricó en el sentir nazareno y aunque fue siempre uno más, cuentan la anécdota de que cuando procesionaba a la altura de la Plaza Mayor, sus zapatos grandes, lo delataban ante los niños que lo reconocían de inmediato y le gritaban con alegría ¡don Fernando, don Fernando...!