Las caricias del Trabaque en Albalate de las Nogueras

José Luis Muñoz
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Las caricias del Trabaque en Albalate de las Nogueras - Foto: J.L.M.

Hay pueblos, lugares, que ofrecen una atractiva visión desde la lejanía, como si un desconocido artista dotado de manos prodigiosas lo hubiera diseñado y, mejor aún, construido, de manera que antes de acercarnos a él o incluso de penetrar en su interior, gozamos ya de una excelente perspectiva, como si fuera una postal de las de antes, las que buscábamos en los quioscos de los sitios turísticos para enviar a la familia, cuando aún existía esa costumbre, prácticamente desaparecida ya, salvo para los coleccionistas reincidentes, que los hay. Pues bien, esa es la impresión primera que produce Albalate de las Nogueras, con la espadaña triangular de su iglesia dominando el cerro a cuyos pies se extiende, en forma ordenada, la distribución de calles en orientación casi paralela, por las que el ser humano puede pasear al hilo de amables ensoñaciones mientras siente el remoto latido de quienes en lo antiguo, muy atrás en el tiempo, poblaron estos espacios, como proclama de manera muy explícita, el propio nombre del lugar, al-balat, el camino.

Rodeando el espolón que ocupa el casco urbano se encuentra el río Trabaque, que viene de Arcos de la Sierra atravesando peñascos, acariciando molinos hidráulicos y dando forma a una arriscada hoz que no tiene tanta fama como otras bien conocidas pero que es, desde luego, un paisaje fastuoso que cuando llega a Albalate se transforma en un rincón tan encantador como hay pocos entre los muchos parajes dignos de mérito que ofrece la Alcarria de Cuenca. Lo marca un viejo puente medieval, el del Nogueral, probablemente, uno de los puentes más hermosos que se puede encontrar haciendo los caminos de esta provincia; es una excelente obra anónima de ingeniería, formada por dos ojos diferentes, de arco de medio punto, con peralte en los arranques y ligeramente apuntado en la clave. Además de su valor individualizado, se encuentra en un paraje de enorme belleza e interés, con abundante población de sauces, chopos y álamos, junto a la ermita-cementerio de San Sebastián y la fuente de la Alhaja, construida en 1898 (y bárbaramente atacada en 2012 por una mano alevosa que le cortó un fragmento, con el pretexto de eliminar una pintada), junto con un poste religioso dedicado a San Pedro.

El camino continúa luego bordeando las antiguas cuevas de vino, bastante bien conservadas en general y así podemos entrar en el caserío urbano, mientras el río continúa su camino hacia Villaconejos del Trabaque, formando bellísimos cultivos de mimbre, de cromatismo variado según las épocas del año y en cuyas riberas sobreviven las ruinas de algunos de los molinos que por aquí supieron captar la fuerza motriz del agua.

El atractivo entramado urbano de Albalate de las Nogueras, formado por calles estrechas, de profundo sabor medieval que la moderna construcción no ha podido alterar por completo, se corona con una pieza delicada y bellísima, la iglesia,  siempre observadora desde la cumbre del cerro, mostrando a los alrededores, con orgullo, su bella espadaña románica de tres huecos bajo la que abre su mirada vertical una encantadora ventana gótica, pues a ambos estilos medievales se debe la primitiva definición arquitectónica del edificio. Hasta ella se llega con facilidad, sin mucho esfuerzo, siguiendo pausadamente el ritmo ascendente que marcan las calles, orientadas de forma longitudinal para quedar adosadas a la superficie del promontorio en cuyo segmento más alto espera la plaza, donde reposan el templo, el Ayuntamiento y algunas buenas casonas que han podido sobrevivir a la evolución de los tiempos.

Tuvo el pueblo, como casi todos, un pasado remoto que se pierde en las oscuras noches de los tiempos y que aparece recogido en el paraje de Bombarrá, en el que hay señales de un posible castro céltico, ruinas romanas y restos de edificaciones de la época musulmana. El yacimiento se encuentra situado en la parte superior de la entrada a la hoz del río Trabaque, en lo alto de un cerro de difícil acceso, cubierto de vegetación de monte bajo y no ha sido investigado de manera concienzuda. Quizá lo sea en algún momento próximo, en estos tiempos tan proclives a la investigación arqueológica.

De sus orígenes, la iglesia conserva las dos portadas, además de los elementos citados, la espadaña y la ventana bajo ella pero luego fue adaptada bajo inspiración renacentista y barroca, hasta dar con el resultado actual, sin que desentonen los diversos elementos integrados con armoniosa improvisación, como si las manos que intervinieron en ella  a lo largo de los siglos para dar la forma definitiva al edificio fueran conscientes de su responsabilidad para mantener íntegra la belleza y el equilibrio como principios inspiradores que nunca deberían alterarse. Y si queremos aplicar esa afirmación a un elemento concreto, veamos la cornisa de canecillos que corre por todo el perímetro bajo la cubierta, un prodigio de minuciosidad y artificio, combinando alternativamente motivos vegetales con cabecitas de animales. El resultado de todo ese proceso es la consideración admirable que suscita la visión de este hermoso y equilibrado templo, tan sencillo como todo lo medieval, tan elegante como todo lo renacentista, tan sugerente e imaginativo como lo barroco. 

Tuvo Albalate de las Nogueras en tiempos no muy antiguos el sueño de convertirse en un pueblo-libro, a semejanza de algunos otros de ese carácter que hay en lugares de España. Urueña, en Valladolid, es el modelo primero y el mejor conocido. Por desgracia, aquí el proyecto no prosperó (de hecho, me parece que ya ha sido olvidado por completo), y eso que el lugar tiene algunos mimbres que podrían haber servido como urdimbre para enhebrar la idea, porque aquí vivió y murió Pilar de Cavia (apellido de respetable prosapia en el mundo del periodismo), poetisa y articulista y aquí también vivió Mayda Antelo, otra mujer progresista, dinamizadora de la vida cultural en el pueblo, cuyo nombre ostenta la biblioteca pública y es un hermoso reconocimiento. A lo mejor todavía no es definitivamente tarde para recuperar aquella benemérita idea, que no solo de cuestiones materiales deben vivir los pueblos (y los seres humanos).

En el interior del pueblo está la pequeña ermita de San Antón y en las afueras, en lo alto de un cerro de no muy cómodo acceso, la de Santa Quiteria, una construcción de carácter popular, sin especiales méritos artísticos, pero con uno de indudable valor: desde ese punto se contempla un inmenso paisaje, el de la Alcarria de Cuenca que aquí se despliega amplia y generosamente, dando lugar a un espectáculo maravilloso, de cromatismo variado, entre grisáceo y anaranjado, cubierto de suaves colinas de mínima vegetación entre la que ocupan protagonismo el mimbre y los olivos. Es una visión amplia y generosa, digno punto final a la visita.