No deja de llamarme la atención la velocidad en la que nos encontramos inmersos. Parece que todo pasa demasiado deprisa, sin casi darnos cuenta de lo que ocurre a nuestro alrededor. No hace nada que concluimos los turrones y, San Antón por medio, ya tenemos cartel nazareno y vídeo promocional. Un niño que nace hoy en un abrir y cerrar de ojos se encuentra buscando su futuro allende nuestras fronteras. Y eso sin recapacitar mucho sobre la volatilidad de cualquier noticia que compartas en redes sociales, ese espacio convertido en almacén de historias quemadas a los pocos minutos de su publicación. El caso es que este viejo mundo parece girar sobre sí mismo al doble de velocidad que aprendimos los egeberos en aquellas vetustas escuelas. ¿La recuerdan? Hagan memoria.
Pero, querido lector, parece que hay un espacio único que se aferra a la idea de recordar al ciudadano el lento paso del tiempo. Nos venden la inmediatez de la relación con la administración –pasando por todos sus estados– pero desde un plano de falsa igualdad en el que una se toma su tiempo para poner en marcha el engranaje necesario mientras que otro necesita implantes de uña de tanto comérselas al ver cómo pasan los días y lo suyo sigue en ese agujero negro de la burocracia mal entendida, pues esta debe facilitar la vida al ciudadano y no crearle una nueva preocupación. Tirando de sabiduría popular, pongámonos el cinturón negro de optimismo para afirmar aquel manido refrán que reza «bien está lo que bien acaba» como ejemplo claro de este estado, rayando casi en la indolencia, por el que nos conformamos con el final, olvidando el proceso.
Algo así me ha sucedido hace unos días con el anuncio de la próxima instalación del alumbrado público en el paseo peatonal que, a la vereda del Júcar, nos lleva hasta el ameno paraje del Recreo Peral. Cierto es que bien está –no digo si mejorable o no– todo aquello que nos lleve a potenciar los aún infinitos recursos que nuestra Cuenca del alma tiene. Mejorar las condiciones de tránsito en este paraje, amén de aumentar la seguridad en el mismo, hará que se convierta en un nuevo recurso, en una nueva excusa para seguir pateando esta ciudad que te regala rincones y experiencias como ninguna otra pueda hacer.
Por poner un pero al proyecto, desconozco si en el mismo va incluida la iluminación singular de la estatua del ganchero –sí, otra vez denuncio el tema– o la realización del gancho propio de tan noble oficio. Ojalá así sea. Ciertamente, es triste contemplar cómo algo tan, aparentemente, sencillo de resolver adquiere la categoría de irresoluble con el paso del tiempo. Así como lo es comprobar cómo esta buenísima noticia se remonta a los presupuestos participativos de 2022, siendo ahora, dos años después, cuando parece que va a arrancar. Es muy posible que no haya podido realizarse antes por razones que al común de los administrados se nos escapan, pero no me digan que no es exasperante, ¿verdad?