Anoche experimenté una sensación que hasta ahora nunca había sentido. Asistí al concierto de unos cantantes, hermanos y famosos en mi adolescencia, de los cuáles un día ya lejano llegué a tararear buena parte de las canciones cuyas letras ahora malamente recuerdo. Nunca he sido especialmente nostálgico. A pesar de ser una sensación difícilmente controlable, sé que quien lo es está abonando el sufrimiento actual y el dolor futuro. Sin embargo, me encanta revisar fotografías de hace décadas, releer cartas que recibí por aquel entonces o cantar canciones que conocí cuando con 15 o 20 años llevaba el pelo largo, montaba mi preciosa Cota o usaba gafas de sol.
Anoche, mientras coreaba canciones que a miles de personas nos encandilaban, por mi cabeza pasaron rostros de personas con las que compartí aquellos años. Entre ellas, por goleada, el que ocupó buena parte de los momentos transitoriamente recordados fue el de Adolfo, El pelos, compañero inseparable de aquellos tiempos y de múltiples barrabasadas, a quien recuerdo con cariño y al que, lamentablemente, hace mucho que no veo. Jamás podré olvidar una fiesta de cumpleaños que organizó en la que de las 15 personas a las que invitó 12 eran chicas; los 3 restantes éramos su hermano pequeño, él y yo mismo. ¡Vaya tarde aquella en la que los hermanos del madrileño barrio de Villaverde sonaron sin cesar junto a otros grandes del momento!
Anoche, junto al recuerdo de mi añorado condiscípulo –término tan antiguo como lo fue, aunque no tanto, la relación que nos unió–, por un momento se apoderó de mí la nostalgia centrada en una persona, importantísima en mi vida y que vivió y vive en ella sin que tristemente yo le diese la importancia que mereció en vida, por la cual sí que ciertamente siento morriña. Además, alguna otra pasó por mi mente constatando que el paso de los años me confirma que de no haberla conocido o tratado como lo hice mi vida habría sido más feliz en términos generales. ¿¡O quizá no!? Quién puede saberlo a estas alturas. Lo que sé es que si un día alguien inventa algo que permita viajar al pasado seré el primero en apuntarme para probarlo, revivir aquellos tiempos y ser, si es que es posible, aún más feliz de lo que la vida me lo permitió hace ya… un buen puñado de años.